EL ATRIO Desde hace veinticinco años, ya nunca va a misa, pero acude, cada dieciocho de diciembre, a sentarse un rato en la terraza del bar junto al atrio de hierro y piedra de la Iglesia. Sumida en sus pensamientos lleva la taza de café con cuidado a sus labios. Un soplo que es más un escape de aliento, un suspiro, una muleta, que le ayuda a acercarse a mirar por la rendija de aquella puerta. Como si contenido en el arrullo de la piedra y el hierro, hubiera quedado atrapado el barro que conformó su cuerpo cuando lo atravesó a hombros, por última vez, dentro de una caja de madera. Cada año vuelve hasta allí para requerir su encuentro. Acude con la ilusión de volver a sentir el calor que un día abrigó, el sonido de la corriente cantarina de su sangre corriendo por sus venas hasta su generoso corazón. Acude para aliviar su avariciosa voz de hermana. Y acude para perdonarse por no haber podido sostenerla,...
Entradas
Mostrando entradas de diciembre, 2025
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
DE SU PUERTA A LA MÍA ¡Ella nunca lo leerá! El papel huyó de sus manos nudosas, surcadas de venas. Tras dibujar espirales en el aire, continuó su camino flotando por la ventana abierta. Le había llevado una vida decidirse. No podía reescribirlo. Cerró los ojos exhausta. Seguía hundida en el Voltaire de su escritorio cuando, ya entrada la noche, llamaron a la puerta con impaciencia. Apenas se movió. Las piernas le pesaban. El eco de su ausencia la invadía. Entonces, un roce leve sonó por la ranura. Se inclinó arrobada. La nota tembló en sus manos. Sobrecogida leyó: —Tu letra inconfundible me encontró. Sí, quiero. María José Aguayo Imagen: Créditos a la autoría
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
POCIÓN DE BRUJA Alcachofa, cola de caballo, diente de león. Junto a la rústica cabaña hecha de troncos retorcidos, entretejidos de un modo imposible de conseguir por manos humanas, se oye el incansable borboteo de la poción y el crepitar del fuego bajo el caldero humeante. El efluvio de la cocción —una mezcla de resina, madera y plantas— llega hasta el camino desde un rincón oculto del bosque, impregnando todo el sendero. Entre las sombras, un rayo de sol se filtra e ilumina parcialmente la figura —delicada y fuerte a la vez— de una mujer, Sylvia, la hechicera, quien remueve con sus manos encallecidas el contenido, con un gran cucharón de hierro. El brebaje debe espesar. La campana del campanario la avisa, tiene que llevarlo a la posada, donde el viajero, corroído por el dolor, se retuerce sobre el jergón de paja, los brazos cruzados apretados contra su estómago y el rostro bañado en sudor. Lo visitó cuando el sol aún descendía hacia los montes que rodea...