DE SU PUERTA A LA MÍA
¡Ella nunca lo leerá!
El papel huyó de sus manos nudosas, surcadas de venas. Tras dibujar espirales en el aire, continuó su camino flotando por la ventana abierta.
Le había llevado una vida decidirse. No podía reescribirlo. Cerró los ojos exhausta. Seguía hundida en el Voltaire de su escritorio cuando, ya entrada la noche, llamaron a la puerta con impaciencia. Apenas se movió. Las piernas le pesaban. El eco de su ausencia la invadía. Entonces, un roce leve sonó por la ranura. Se inclinó arrobada. La nota tembló en sus manos. Sobrecogida leyó:
—Tu letra inconfundible me encontró. Sí, quiero.
María José Aguayo
Imagen: Créditos a la autoría
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