EL ATRIO
Desde hace veinticinco años, ya nunca va a misa, pero acude, cada dieciocho de diciembre, a sentarse un rato en la terraza del bar junto al atrio de hierro y piedra de la Iglesia.
Sumida en sus pensamientos lleva la taza de café con cuidado a sus labios. Un soplo que es más un escape de aliento, un suspiro, una muleta, que le ayuda a acercarse a mirar por la rendija de aquella puerta.
Como si contenido en el arrullo de la piedra y el hierro, hubiera quedado atrapado el barro que conformó su cuerpo cuando lo atravesó a hombros, por última vez, dentro de una caja de madera. Cada año vuelve hasta allí para requerir su encuentro.
Acude con la ilusión de volver a sentir el calor que un día abrigó, el sonido de la corriente cantarina de su sangre corriendo por sus venas hasta su generoso corazón. Acude para aliviar su avariciosa voz de hermana.
Y acude para perdonarse por no haber podido sostenerla, cuidarla, abrazarla. Por haberla perdido de vista. Por no tener apenas lágrimas que resbalen por su cara, salvo el recuerdo de la humedad salobre con la que vivió, después de que un salto al vacío le arrebató la vida.
El toque del ángelus trae de vuelta su mirada abstraída, como la de cuando observa tras el cristal de la ventana abrazada a su soledad. Toma un sorbo de agua fresca, despierta y escapa de otro intento baldío de regresarla y besarla y abrazarla.
Y así, deja la puerta de su recuerdo entornada para continuar. Sí, porque su vida continúa plena a la vez que bañada por su ausencia. Y, a veces, hasta le regala momentos de gran belleza. No la cierra, no sea que no pueda acudir a buscarla el próximo año, en el día de su santo.
María José Aguayo
Fotografía de Vincenzo Zannini
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