LA AUTORIDAD DEL GATO Sentada en el orejero del salón, frente a la puerta de cristal del jardín, leo la columna del domingo de Irene Vallejo: La dulzura del león . Por encima de la pantalla del portátil, observo que algo se mueve fuera, sobre el borde superior de uno de los paneles de madera, en la rinconera del jardín. Un gato grande y atigrado, de espaldas a mí, intenta cazar con sus patas delanteras algún mirlo entre las ramas muertas del seto. Con el cuerpo encogido, me levanto. Imito sus movimientos sigilosos y precisos para acercarme y capturarlo con el móvil, agazapada detrás del cristal. Nos separa una distancia de poco más de seis metros. Me asomo por detrás de la cortina. Por fin se siente descubierto, y yo también. Ambos retraemos el cuerpo sobresaltados. Sus movimientos reflejan la sorpresa. Pienso que saldrá huyendo, hasta que nos clavamos la mirada, congelados, unos instantes. Una sensación de repelús, una corriente eléctrica recorre mi cuerpo. Con las o...
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BUSCANDO Cuando busco algo perdido recientemente, es más fácil que lo encuentre. Si lo perdí hace tiempo, me llevará más encontrarlo. Eso, si aparece. Me ha pasado que, mientras más cerca lo tenía, más distancia parecía abrirse para alcanzarlo. Otras veces, cuando dejo de buscar, después de años aflora reposado, donde —con toda lógica— lo había dejado. La tarea se vuelve homérica cuando quiero que me encuentren. Para eso, antes, tengo que encontrarme. En ocasiones, estoy tan al alcance, que puedo rozarme con la punta de los dedos. María José Aguayo Fotografía de Andre Steiner
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GRAVITAR DE PLACER Me preparo excitada para recibirlo. Cierro los ojos. Inclino levemente la cabeza hacia atrás. Aunque aún no me toca, sé que lo hará. Cuando lo haga, el placer ya habrá comenzado a recorrer mi cuerpo. Su caricia me hace suspirar. El corazón es quien más se estremece con su roce. Desborda su torrente por toda la geografía de mi piel. Siento que pierdo el contacto con el suelo. Quedo suspendida. Nada me oprime. Nada me envuelve salvo él. Podría quedarme ahí para siempre o incluso dejar de existir. No se apresura. Sosegado, me cubre con calma, a pesar de que mi respiración le apremia. No tengo otra necesidad que intimar. No existe nada ni nadie más. No oigo nada, apenas el ronroneo leve que tiembla en mi garganta. Tras el cristal, un rayo de sol me alcanza. María José Aguayo Interior desde Strandgade con luz sobre piso de Vilhem Harmmershøi Acrílico sobre lienzo, 1901, Museo nacional de Dinamarca
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CUANDO LA LUZ SE APAGA Hace tiempo que no me asusta la oscuridad. Bueno, para ser honesta, diré que no siempre me asusta, ni lo hace como antes. Ella no ha cambiado; sigue igual de imperturbable, profunda, inquietante. Quien ha cambiado he sido yo: la forma en que la miro, mi curiosidad, lo que espero de ella. De resistirme a atravesarla, he pasado a buscar su compañía en ocasiones, o, tal vez, a dejarme envolver por el misterio de su paisaje. De pequeña creía que, si me adentraba en ella, correría toda clase de peligros: un hombre me metería en su saco y me llevaría para siempre. En este momento de mi vida adulta, a veces, me sorprendo encaminando mis pasos hacia ella. Atravieso despacio sendas por donde antes hubiera corrido despavorida, como cuan...
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METÁFORA A diferencia del Caballero de la Triste Figura, amo las aspas que giran; concretamente, su versión reducida: me gustan los molinillos de viento. Son para mí una fuente de alegría; incluso cuando están parados, ya me la anticipan. Cuando llega el buen tiempo, desde hace varias temporadas, coloco una pareja en la terraza de mi casa, sujeta a la baranda a diferentes alturas. De colores alegres y vistosos. Me basta con mirarlos. Me hace gracia observar cómo se mueven cuando salgo de la tienda y los llevo en la mano, como si bailaran un swing a mi paso. Me divierte descubrirme en mi papel de niña alegre. Celebro la llegada del momento de colocarlos, bien alineados, como una pareja que se sitúa en posición antes de bailar. ...
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PREVISIÓN METEOROLÓGICA He sido hormiga tanto tiempo que me cuesta ser otra cosa. Me comparara con quien me comparara en la niñez, siempre perdía. De todos los cotejos salía opacada, me privaba de brillo. Esta cualidad perduro a pesar de mudar —como larva— la piel. Mi valía siempre estaba en temporada de rebajas; en el departamento de saldos. Era como esa gota fina de llovizna por la que si llevas paraguas, no merece la pena abrirlo “total, si no moja”. Hormiga en el trabajo incluso antes de saber nombrarlo. Elegí seguir el rumbo que otras marcaron sin levantar polvo. Trabajaba y seguía, trabajaba y callaba. Siempre en la sombra, con el miedo a cuestas. Disponible para las labores sordas del hormiguero. Un día, algo me empujó fuera del agujero, perdón, del hormiguero. ...
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CALENTAMIENTO No sé si he perdido el do de mi clarinete, la comba o un diente para el Ratón Pérez. Lo que sé es que la sensación es de extravío en el momento en que me siento hoy a escribir esto. La anunciada llegada de los Magos de Oriente, la noche mágica que todavía consigue remover mariposas en mi barriga y acelerar los latidos de mi corazón, está cada vez más cerca. Como cada año, pondrá el broche final al tsunami de las fiestas navideñas. Enredada entre el calor de los fogones de comidas opulentas y el baile de vajillas que salen a escena, abandonando su retiro anual de aparadores, alacenas y vitrinas —como artistas que lo hicieran de sus camerinos—, dejé de soltar la mano para escribir… La ocupé a contrarreloj en estos otros menesteres: —¡Mamá que no llegamos! —frase familiar acuñada desde que hace algunos años yo la expresara como un mantra por primera vez, atacada de nervios por no estar a tiempo —nunca oc...