GRAVITAR DE PLACER Me preparo excitada para recibirlo. Cierro los ojos. Inclino levemente la cabeza hacia atrás. Aunque aún no me toca, sé que lo hará. Cuando lo haga, el placer ya habrá comenzado a recorrer mi cuerpo. Su caricia me hace suspirar. El corazón es quien más se estremece con su roce. Desborda su torrente por toda la geografía de mi piel. Siento que pierdo el contacto con el suelo. Quedo suspendida. Nada me oprime. Nada me envuelve salvo él. Podría quedarme ahí para siempre o incluso dejar de existir. No se apresura. Sosegado, me cubre con calma, a pesar de que mi respiración le apremia. No tengo otra necesidad que intimar. No existe nada ni nadie más. No oigo nada, apenas el ronroneo leve que retumba en mi garganta. Tras el cristal, un rayo de sol me alcanza. María José Aguayo Interior desde Strandgade con luz sobre piso de Vilhem Harmmershøi Acrílico sobre lienzo, 1901, Museo nacional de Dinamarca
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CUANDO LA LUZ SE APAGA Hace tiempo que no me asusta la oscuridad. Bueno, para ser honesta, diré que no siempre me asusta, ni lo hace como antes. Ella no ha cambiado; sigue igual de imperturbable, profunda, inquietante. Quien ha cambiado he sido yo: la forma en que la miro, mi curiosidad, lo que espero de ella. De resistirme a atravesarla, he pasado a buscar su compañía en ocasiones, o, tal vez, a dejarme envolver por el misterio de su paisaje. De pequeña creía que, si me adentraba en ella, correría toda clase de peligros: un hombre me metería en su saco y me llevaría para siempre. En este momento de mi vida adulta, a veces, me sorprendo encaminando mis pasos hacia ella. Atravieso despacio sendas por donde antes hubiera corrido despavorida, como cuan...
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METÁFORA A diferencia del Caballero de la Triste Figura, amo las aspas que giran; concretamente, su versión reducida: me gustan los molinillos de viento. Son para mí una fuente de alegría; incluso cuando están parados, ya me la anticipan. Cuando llega el buen tiempo, desde hace varias temporadas, coloco una pareja en la terraza de mi casa, sujeta a la baranda a diferentes alturas. De colores alegres y vistosos. Me basta con mirarlos. Me hace gracia observar cómo se mueven cuando salgo de la tienda y los llevo en la mano, como si bailaran un swing a mi paso. Me divierte descubrirme en mi papel de niña alegre. Celebro la llegada del momento de colocarlos, bien alineados, como una pareja que se sitúa en posición antes de bailar. ...
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PREVISIÓN METEOROLÓGICA He sido hormiga tanto tiempo que me cuesta ser otra cosa. Me comparara con quien me comparara en la niñez, siempre perdía. De todos los cotejos salía opacada, me privaba de brillo. Esta cualidad perduro a pesar de mudar —como larva— la piel. Mi valía siempre estaba en temporada de rebajas; en el departamento de saldos. Era como esa gota fina de llovizna por la que si llevas paraguas, no merece la pena abrirlo “total, si no moja”. Hormiga en el trabajo incluso antes de saber nombrarlo. Elegí seguir el rumbo que otras marcaron sin levantar polvo. Trabajaba y seguía, trabajaba y callaba. Siempre en la sombra, con el miedo a cuestas. Disponible para las labores sordas del hormiguero. Un día, algo me empujó fuera del agujero, perdón, del hormiguero. ...
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CALENTAMIENTO No sé si he perdido el do de mi clarinete, la comba o un diente para el Ratón Pérez. Lo que sé es que la sensación es de extravío en el momento en que me siento hoy a escribir esto. La anunciada llegada de los Magos de Oriente, la noche mágica que todavía consigue remover mariposas en mi barriga y acelerar los latidos de mi corazón, está cada vez más cerca. Como cada año, pondrá el broche final al tsunami de las fiestas navideñas. Enredada entre el calor de los fogones de comidas opulentas y el baile de vajillas que salen a escena, abandonando su retiro anual de aparadores, alacenas y vitrinas —como artistas que lo hicieran de sus camerinos—, dejé de soltar la mano para escribir… La ocupé a contrarreloj en estos otros menesteres: —¡Mamá que no llegamos! —frase familiar acuñada desde que hace algunos años yo la expresara como un mantra por primera vez, atacada de nervios por no estar a tiempo —nunca oc...
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EL ATRIO Desde hace veinticinco años, ya nunca va a misa, pero acude, cada dieciocho de diciembre, a sentarse un rato en la terraza del bar junto al atrio de hierro y piedra de la Iglesia. Sumida en sus pensamientos lleva la taza de café con cuidado a sus labios. Un soplo que es más un escape de aliento, un suspiro, una muleta, que le ayuda a acercarse a mirar por la rendija de aquella puerta. Como si contenido en el arrullo de la piedra y el hierro, hubiera quedado atrapado el barro que conformó su cuerpo cuando lo atravesó a hombros, por última vez, dentro de una caja de madera. Cada año vuelve hasta allí para requerir su encuentro. Acude con la ilusión de volver a sentir el calor que un día abrigó, el sonido de la corriente cantarina de su sangre corriendo por sus venas hasta su generoso corazón. Acude para aliviar su avariciosa voz de hermana. Y acude para perdonarse por no haber podido sostenerla,...
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DE SU PUERTA A LA MÍA ¡Ella nunca lo leerá! El papel huyó de sus manos nudosas, surcadas de venas. Tras dibujar espirales en el aire, continuó su camino flotando por la ventana abierta. Le había llevado una vida decidirse. No podía reescribirlo. Cerró los ojos exhausta. Seguía hundida en el Voltaire de su escritorio cuando, ya entrada la noche, llamaron a la puerta con impaciencia. Apenas se movió. Las piernas le pesaban. El eco de su ausencia la invadía. Entonces, un roce leve sonó por la ranura. Se inclinó arrobada. La nota tembló en sus manos. Sobrecogida leyó: —Tu letra inconfundible me encontró. Sí, quiero. María José Aguayo Imagen: Créditos a la autoría