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FLOR DE TIARÉ   En medio de una noche cuajada de estrellas, un arranque de ira empuja al tiránico y cruento dios Oro a abandonar a su mujer y hacer una escapada a la Tierra.              Persigue embriagado, un aroma combinado de frutos rojos, flor de naranjo y jazmín blanco. Emana de una humilde choza de bambú. Cauteloso, accede al interior por su puerta entreabierta.              Tendida boca abajo, desnuda, sobre un lecho a ras de suelo cubierto de lino blanco, encuentra a una bella nativa sumida en un profundo sueño, con respiración acompasada y serena. Su cuerpo sensual, de atezada piel, muestra los restos blancos de sal aferrados a su fino vello.             En su sedoso cabello negro, largo hasta la cintura, que cae sobre su cara ocultando sus hermosas facciones, tiene prendida una flor de tiaré que en la penumbra de la estancia brilla como el reflejo de la luna en el agua.             Su pareo húmedo cubre ondeante el vano de la ventana por donde se cuela suave, la mágica brisa
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HERMANOS Antes de que los humanos okupemos la playa, las voraces gaviotas bailan sobre sus arenas, estampando sus tres dedos en la cálida alfombra granulada. Quizás un Cha cha cha, por lo próximo de sus pisadas. Racheados pasos de hermanos, buhoneros del continente cercano, los borran con sus pesadas cargas a los hombros, durante el fatigado ir y venir de sus pies cansados. María José Aguayo
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EL IMPERIO DE LAS FLORES Cuando accedieron al gobierno las seis ilustres ancianas: Jahzara, Emma, Aiko, Sofía, Aarani y Episteme, la Tierra estaba malherida. Su sagrada misión, sanarla. Enseñaron a cultivar con esmero las exclusivas flores en sus lejanos continentes. Mimaron a sus mujeres como a su flora. Avivaron su unión, conscientes de que su poder transformador era el remedio para preservar la vida en la Tierra.    María José Aguayo
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ALELUYA Con suaves acordes acariciando tus cascos, corres por las húmedas aceras. La mañana de abril está abriendo. Deshilachadas nubes, como borras de goma en la mesa de un colegio, se apartan en el cielo. Despejan el camino al sol para que derrame su brillo, sobre el azahar de los naranjos y el verdor de los parques. Haces de luz revelan motas invisibles de polen en el aire. Acompasada, respiras primavera.  María José Aguayo
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ARCHIVO NO EDITABLE   Esperas a que uno de los dos cubículos quede libre. Entiendes lo que se cuece dentro. A sus ocupantes les llevará un rato. Cuando te llegue el turno sabes que también tardarás. Antes de entrar ya estás sudando, y eso que el verano, por ahora, está sosegado. La dueña actúa rápida al verte con la cara brillante agitando rápido el abanico, pulsa el botón de encendido del aire acondicionado, aunque permanece abierta la puerta de la pequeña tienda.    Ya estás dentro. Tras la gruesa cortina de terciopelo color buganvilla, 90 x 90 centímetros aproximados —más menos que más—, resultan escasos para realizar demasiados movimientos con los brazos, encorvarte, redondearte, estirarte, agacharte y levantarte un montón de veces casi como en una de tus sesiones de pilates.             Sobre un colorido taburete de patas blancas tapizado con estampaciones de cachemir y flores, te espera una montonera enmarañada de conjuntos de dos piezas, a pesar de eliminar posibilidades —sabes
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INTIMIDADES VULGARES Estás segura de que entre las personas que te leen las hay que les pasa lo mismo. El aumento del tamaño del bulto de la pequeña bolsa —en tu caso usas una que te dio tu amiga Pilar de perfume de Salvatore Ferragamo con la que sustituiste a la anterior reventada por el uso continuado durante años— que no falta cuando salís de casa a pasar días fuera, es directamente proporcional a los años que vais cumpliendo. El hecho de insistir obstinadamente en utilizar una pequeña tal vez sea disimular que tampoco necesitáis tantos remedios. El que no se consuela es porque no quiere, pero los años van pasando y el bulto de la bolsita aumentando. De una vez para la siguiente van quedando en el fondo variados restos sueltos recortados, de contenido y caducidades difíciles de catalogar. Una extraña miscelánea. Una pequeña botica ambulante. Unos en sus cajas. Otros en blísteres sueltos, algunos cortados con agudos picos punzantes que, en tan estrecho espacio, se clavan como aguijon
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AMARRANDO PALABRAS. Sábado 6 de julio, un intenso viento de poniente brama. Te empuja de la cama con su percusión. Hace rato que exasperada, disfrazas que escuchas el cimbreo de persianas, el traqueteo de estores y cadenas que los enrollan brincando contra los cristales y aluminio de las ventanas. El festival de colores de las plantas que engalanan los jardines, terrazas y balcones: largas y ondeantes hojas verdes de plataneros, buganvillas, adelfas, esbeltas palmeras, ficus, pintorescas y diminutas lantanas, jóvenes cipreses, macizos de hibiscos, olorosa lavanda, boca de dragón, clivias, tagetes, geranios, verbenas, surfinas, dalias, trepadoras Don Diego de día… se agitan sincronizadas en una contemporánea danza. En la avenida de la noria de agua, se despliegan las barbas de las mimosas, firmando enredosas alianzas. Se cuela por las azoteas y desciende por las fachadas pegándose a las velas de las terrazas fondeadas que cabecean con los toldos hinchados por barlovento y sotavento como