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ENTRE MARES Desde que recuerdas, el mar está en tu vida. Tu abuelo te lo regala. Cuando la faena se lo permite, y la flota se queda amarrada, si el mar está en calma, te sube a su pequeña embarcación de madera algo desconchada, para enseñarte la playa desde el otro lado del espejo.  En la proa de su viejo cascarón pintado de azul y blanco, está escrito con letra cursiva, el nombre de tu abuela, el mismo que el tuyo, Marisol.             —¡Abuelito, llévame más lejos! —Bernardo, hombre de pocas palabras, serio como un viernes santo, sonríe, más por dentro que por fuera, y complacido, se adentra, solo un poco más, para tu felicidad. A su regreso tendrá que aguantar las mismas reprimendas tras cada travesía. Tu abuela y tu madre, sirenas varadas en tierra, con resignación, aguardan tenaces el regreso de sus marineros, se niegan a reconocer como él hace, la irresistible llamada del mar que sabe que tu sientes también. Le tachan de temerario y un montón de cosas más, atentas solo al peligro
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ALTAS HORAS   De vez en cuando, cual aprendiz de hechicera de palabras, te despiertas a esa hora maldita en que el sueño te debiera cubrir con su manto, pero el embrujo puja por salir a escena, sin que puedas hacer nada para evitarlo.              Si alguna vez fueron tentados por el hechizo de crear algo de la nada, comprenderán qué te pasa.   Al comienzo, se te presentan ordenadas, acompasadas, agrupándose en ideas perfectamente separadas. En fila, una tras otra, cada una en su renglón de la cuartilla. Todas esperan ser vistas. Todas quieren ser contadas. Es ahora o nunca. Así, serenas, crees que cuando despiertes podrás recordarlas. Puedes controlarlas. Partes confiada con tu nave, te acompaña la bonanza.   La fila comienza a desdibujarse. Algunas palabras intentan colarse, cambiarse de sitio. Ya no sabes cuál fue la primera. “¿Había dos o eran tres?” “Tal vez fueran cuatro.” Te olvidas de alguna. Sin que te des cuenta se han puesto bulliciosas. Comienzan a mezclarse. Reclaman tu at
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AGUA Y CIELO Cada año espero anhelante esta cita. Estoy en la playa de aguas transparentes turquesas y fina arena dorada. Agua y cielo se funden en un paisaje infinito. Con los ojos cerrados y los brazos abiertos, respiro plena de vida salvaje. Me siento libre. La suave brisa me abraza, me da la bienvenida. Me preparo para el encuentro, con un bañador de una sola pieza, de tirantes azul cielo. Estampados en el centro, dos grandes lirios de agua rosados, envuelven protectores a sus dos espigas largas y carnosas, posados sobre grandes hojas verdes de ondulados márgenes. Como un lienzo, se adapta a las formas de mi cuerpo. Cuando me sumerjo en el agua me fundo con ella, somos una. Me dejo acunar por sus lentas y suaves mecidas. Empapada de agua y sal, camino hacia la gran duna por la orilla, con mis pies calzados de espuma blanca. En el ascenso, con el viento, se me eriza la piel y mis piernas sienten las punzadas de la pendiente, sobre un suelo caliente que se mueve y desaparece a cada p
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¡HASTA LAS SEIS!   Miro impaciente la hora en el reloj de la cocina. Necesito que todas las agujas sigan el ritmo veloz del segundero. Hoy parece que se empeñan en girar más despacio que nunca.  Como no den pronto las seis me explotará el corazón. Me salta en el pecho y suena como un tambor. Galleta, mi travieso perro salchicha, negro y marrón chocolate, seguro que puede oírlo. No deja de mirarme fijamente. Con los ojos muy abiertos, se le arruga en la frente, su manchita roja oxidada. Ladea su cabeza despacio, a un lado y a otro para chequearme. Sus orejas caídas se levantan y se inclinan hacia adelante. Sigue atento todos mis movimientos.  Me sudan las manos. Me froto las palmas en mi peto para secarlas. Una nube de mariposas revueltas crece en mi barriga. Esta mañana, nos hemos sentado juntos como siempre, en clase. Sonreímos inquietos —sin hablarnos—, más que de costumbre. Girándonos en sentido contrario en los asientos, ahogamos el clamor de nuestro secreto. Al instante, nos volve
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SEMBLANZA PERSONAL  “CREATIVA”   Nací en la Ciudad Soñada de Rilke, Ronda (Málaga), en los años sesenta del siglo pasado, en una casa de la calle Rosario. Sus balcones y ventanas miraban a la profunda garganta del Tajo, donde con su vuelo bajo y el estruendo de sus graznidos, los negros grajos con la precisión de un barómetro anunciaban el cambio del tiempo. ¡Más rondeña, imposible! Mi casa estaba  unas puertas más arriba de la casa de mis abuelos maternos, abuelito José y abuelita Esperanza, ambos sevillanos. Al poco, nos trasladamos al número 78 de la comercial y muy transitada Calle La Bola, frente al cine Tajo Cinema.   Mi nombre es María José Aguayo Carnerero. Hija de Luis y Manuela (Manolita). Mi padre y todos sus hermanos y hermanas eran rondeños. Todos los de mi madre, sevillanos, menos ella a quien le tocó nacer en Melilla por destino forzoso de mi abuelo, que era militar. No se explica de otra manera que se fueran de Sevilla, con lo que para ellos suponía esto. Sevillanos has
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EL ANCLA  Desde el segundo trimestre del año 2024, dedico la tarde de los viernes a pasear por Sevilla de la mano de un profesor que nos enseña y descubre en grupo, cada semana, la grandeza y la historia de sus monumentos. Este viernes hemos ido a la iglesia de San Martín y allí he conocido a la Divina Enfermera. Nunca había oído este apelativo.  ” El origen de esta advocación se remonta al año 1249, en el que el rey Fernando III funda el Hospital de la Correduría. En este lugar se coloca una imagen de la virgen con el título de Nuestra Señora de la Esperanza. En poco tiempo y gracias a los enormes favores obtenidos, dicha imagen empezó a ser conocida como “Divina Enfermera”. Tras el cierre del hospital se traslada la imagen a la iglesia de San Martín en el año 1587, fundándose la hermandad en el año 1666.” (sic Cofradías Web). Esta historia trata de como siendo adolescente tuve miedo y dudé, cual Santo Tomás, que mi amiga Cristina y yo, pudiéramos mantener la amistad por nuestra inesp
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GASES   Son las 10:12 de la mañana cuando me levanto. No me da tiempo a meterme el batín en el dormitorio. Bajo apresurada y me lo pongo por la escalera. Llaman al portero automático.                   —¿Quién es?                   —Silencio.                   —¿Quién es?                   —Silencio.                   —¡¿Quién es?!                   —El gas. Aturdida, a medio despertar, me cierro apresurada el batín. Empujo la estufa catalítica para sacarla de la entrada al porche cerrado. La alfombra se hace un acordeón, al pasar las ruedecitas por encima. Retrocedo y doblo la parte que tengo que despejar hacia un lado, también aparto el antideslizante de abajo. Anoche pedí una bombona. Abro la cristalera y desde la puerta del jardín, un joven operario vestido de azul, con franjas reflectantes en sus pantalones de cargo, al ver mi trajín con la botella vacía y la catalítica, me indica:                   —No, señora. Para la lectura del contador.                   —¡Ah, vale! Entra por