EL MUNDO ES UN PAÑUELO

 

Por mesa de quirófano, el suelo del lavadero.

Bajo la luz blanca cenital y el frío de la sala, el especialista abre su maletín y extrae una caja alargada de plástico rígido. Una mitad transparente, la otra ahumada; parece un estuche de gafas de natación. La mantiene cerrada con varias filas de gomilla que desliza hacia la punta para abrirla. 

Te pide algo para apoyar las rodillas. Ante tu atenta mirada comienza la intervención en silencio. Va sacando los tornillos y los deja caer en la caja, donde suenan como balines retirados en una bandeja de quirófano. 

Tras abrir y revisar, cierra negando con la cabeza. Lo sabías. No puede salvarla.

Desde que llegó nueva en casa dio muestras de su fragilidad. Empezó a resentirse con poco tiempo de funcionamiento y precisó de intervenciones frecuentes del técnico.

Fabricada como cualquiera de sus iguales, de forma compacta con el objetivo de impedir sustituir sus piezas y repararla, lo que hubiera prolongado su vida, tal vez, por unos años.

Mientras la cierra, el especialista te confirma con tono reservado, como el que se usa para dar al familiar un diagnóstico inevitable, lo que temías: 

—No se puede reparar: obsolescencia programada. Piense que la ha amortizado en estos ocho años. 

Impotente, con la mente nublada, le pagas lo acordado telefónicamente por la visita. Te advirtió que te cobraría, aunque no tuviera reparación posible. Coloca las gomillas a la caja deslizándolas esta vez para cerrarla. Antes de irse, la deja desconectada. 

Con las cicatrices de la intervención aún recientes, conduces hasta el polígono industrial.  Ya conoces el camino: hace un mes acompañaste a tu amiga, víctima del mismo diagnóstico. Al menos tú tendrás el consuelo del descuento del Black Friday.  El lunes, en el primer tramo de reparto, te entregarán la lavadora nueva y se llevarán la vieja. 

Una basura reluciente de unos sesenta y seis kilos irá a parar, en el mejor de los casos, al punto limpio y, en el peor, finalmente, engrosará cualquiera de los vertederos del "tercer" mundo, donde termina la basura del "primero". 

Me preocupa contribuir a inundar el mundo de basura. De seguir al ritmo que vamos acabaremos ahogándonos en ella, lamentablemente los que no la producen antes que los que la generamos consumiendo a destajo.

  La llama con olor a miel se apaga en el portavelas. Hundida en el sofá de plumas, escuchando el zumbido del silencio, bajo la mirada. Mis labios descienden. Siento un peso sobre los hombros al pensar en esos ordinales invasores, que categorizan el mundo en el que todos vivimos. El mundo es solo uno y es un pañuelo: un pequeño trozo de tela donde el daño que causamos volverá para encontrarnos, como un antiguo conocido que surge en el lugar y momento menos esperados. 

 

María José Aguayo

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