CALENTAMIENTO

 

No sé si he perdido el do de mi clarinete, la comba o un diente para el Ratón Pérez. Lo que sé es que la sensación es de extravío en el momento en que me siento hoy a escribir esto.

         La anunciada llegada de los Magos de Oriente, la noche mágica que todavía consigue remover mariposas en mi barriga y acelerar los latidos de mi corazón, está cada vez más cerca. Como cada año, pondrá el broche final al tsunami de las fiestas navideñas. 

Enredada entre el calor de los fogones de comidas opulentas y el baile de vajillas que salen a escena, abandonando su retiro anual de aparadores, alacenas y vitrinas —como artistas que lo hicieran de sus camerinos—, dejé de soltar la mano para escribir… La ocupé a contrarreloj en estos otros menesteres: 

—¡Mamá que no llegamos! —frase familiar acuñada desde que hace algunos años yo la expresara como un mantra por primera vez, atacada de nervios por no estar a tiempo —nunca ocurrió— para tomar las uvas al son de las campanadas.

Entre preparación y sobresalto, como decía, he dejado de soltar la mano para escribir. Ahora me cuesta retomarlo y el peso de la sombra —por el miedo a no saber hacerlo— se alarga sobre mi espalda.

Los días de espera para la llegada de la noche mágica transcurren en medio del frío y la niebla, que mantienen empapado el suelo rojo del jardín de un día para otro y los cristales, escondidos tras el tul de los velos de vaho.

Escribí por primera vez las cuatro cifras, 2026, el día 1 del nuevo año. Cogí el móvil y entré en la estantería de la aplicación para anotar la finalización de la lectura del último libro leído en el año, y apuntar la fecha de comienzo del nuevo. Este mes de enero hará tres años en que, tras la Real visita, dejé de escribir con tiza —poniendo atención para no equivocarme—, la fecha cada día en el encerado. Siempre me sentiré maestra, aunque ya no ejerza.

Hoy sábado, 3 de enero de 2026, al despertar estaba soñando. Daba clase en la tutoría de tercero de primaria de una querida compañera, Amalia Amparo, en el último colegio donde trabajé durante treinta años. Facilitaba en una sesión de Lengua el contenido de la acentuación de las palabras. Iba dejando caer pistas, como migas de pan en el cuento, para que la chiquillería de la clase siguiera el camino hasta descubrir por sí mismos el misterio de las reglas; escritas en sus libros de texto como las frías pautas y advertencias de los prospectos de medicamentos.

En mi cabeza soñaba con disponer del espacio necesario en el aula para colocar sus mesas en semicírculo, como los escaños de un congreso civilizado. Habíamos construido una especie de tribuna de oradores en alto, con su atril. Un lugar desde el que cada uno pudiera dirigirse al grupo con respeto. Les daría todas las facilidades que fueran necesarias para que cada vez les resultara a todos más fácil subirse y ser capaces de expresar sin miedo sus ilusiones, proyectos y propuestas. Haciéndoles saber que cada rincón y persona de nuestro colegio cuenta y es necesario para nuestro funcionamiento en armonía.

Ovillada en la tibieza de las sábanas arrugadas, bajo el peso del edredón, atravieso la frontera hacia la vigilia. Siento la felicidad de haber sido útil, aunque solo haya sido un sueño. Ahora les toca a otras imaginar y sembrar en sus cabezas y corazones los brotes de esfuerzo y esperanza que hagan posible un mundo mejor, mientras yo veo pasar las nubes.

Me levanto. Veo en la pantalla del móvil la respuesta afirmativa a mi pregunta, de la panadería alternativa a la que acudo a comprar el pan. Sí,  hacen roscón de reyes. Encargo el roscón Real, de yema tostada y nata fresca para recoger el día 5.

Mientras aguardo si me traen la agenda literaria del 2026 que he pedido a sus majestades, de heroínas y villanas de la literatura, suelto la mano en mi cuaderno a modo de calentamiento, pues espero continuar haciéndolo también durante este año. 

Mi marido entra en el salón y me sobresalto cuando abre la puerta a mi espalda:

—¿Te has enterado de que Trump ha entrado en Caracas y ha capturado a Maduro y a su mujer?

—¡No me lo puedo creer! Pero si estamos solo a 3 de enero…—contesto a medio camino entre escritura y realidad, con expresión desencajada, pensando en los lodos que tendremos que afrontar como continuación de las riadas de barro y fango del año que ha terminado.

Aunque de niña no tocaba el clarinete, sí perdí en más de una ocasión, el do de la flauta dulce que tocaba en el colegio. También perdí el paso para entrar saltando en la comba en el recreo. No recuerdo si perdí algún diente de los caídos para ponérselo bajo la almohada al Ratón Pérez.

Lo que no me gustaría es perder la costumbre de escribir para encontrarme en el papel. Esto olvidé pedirlo en mi carta a los Reyes Magos. También pedí un mundo mejor, pero no pinta bien.

Aunque creo en la magia y en que todavía estoy a tiempo. Si no, siempre me quedarán los sueños: escribir con la ilusión de sembrar esperanzas.

 

María José Aguayo



Imagen de Jesús Ramos  @jesuss_rc 

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