CUANDO LA LUZ SE APAGA
Hace tiempo que no me asusta la oscuridad. Bueno, para ser honesta, diré que no siempre me asusta, ni lo hace como antes.
Ella no ha cambiado; sigue igual de imperturbable, profunda, inquietante. Quien ha cambiado he sido yo: la forma en que la miro, mi curiosidad, lo que espero de ella.
De resistirme a atravesarla, he pasado a buscar su compañía en ocasiones, o, tal vez, a dejarme envolver por el misterio de su paisaje.
De pequeña creía que, si me adentraba en ella, correría toda clase de peligros: un hombre me metería en su saco y me llevaría para siempre.
En este momento de mi vida adulta, a veces, me sorprendo encaminando mis pasos hacia ella. Atravieso despacio sendas por donde antes hubiera corrido despavorida, como cuando cruzaba —de niña— el pasillo sin luz de mi casa.
Si había oscuridad, forzosamente necesitaba compañía: tocar, asirme a la mano de alguien o, simplemente, darme la vuelta y no transitarla.
Actualmente puedo escuchar en casa:
—No sabía que estabas ahí. ¿Qué haces con la luz apagada?
—No me he dado cuenta de que estaba a oscuras —respondo concentrada en mis cosas.
¿Será un cambio natural, como el río que se vuelve nube o la noche que sucede al día?
El canje ha sido progresivo. No me lo esperaba. Nunca imaginé que caminaría junto a ella. Pero lo cierto es que ahora, si me despierto en la noche, puedo sentarme en la cama con los ojos abiertos sin pensar que todo objeto inerte a mi alrededor cobra vida y me acecha. Consigo bajar la escalera sin encender la luz, bajo la pupila oscura de la claraboya sobre mi cabeza. O, quizá, empiezo emocionada a rasgar con la punta de un lápiz los pliegues de mi mente para atrapar historias que solo surgen cuando la luz se apaga.
María José Aguayo
Fotografía de Salomé Carvalho
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