METÁFORA

 

A diferencia del Caballero de la Triste Figura, amo las aspas que giran; concretamente, su versión reducida: me gustan los molinillos de viento. Son para mí una fuente de alegría; incluso cuando están parados, ya me la anticipan. 

            Cuando llega el buen tiempo, desde hace varias temporadas, coloco una pareja en la terraza de mi casa, sujeta a la baranda a diferentes alturas. De colores alegres y vistosos. Me basta con mirarlos.

            Me hace gracia observar cómo se mueven cuando salgo de la tienda y los llevo en la mano, como si bailaran un swing a mi paso. Me divierte descubrirme en mi papel de niña alegre. 

            Celebro la llegada del momento de colocarlos, bien alineados, como una pareja que se sitúa en posición antes de bailar.

            Se ven desde la calle antes de llegar a casa, como un reclamo. Si vuelves la vista atrás aún se distinguen a cierta distancia. Los escojo bien grandes.

            Como expertos bailarines de salón, en distintas modalidades, consiguen sincronizar sus movimientos. Mi momento favorito es cuando la pareja danza pausada, elegante y controlada en modo slowly, como cantaba Aute.

            Otras veces, según orqueste el viento, aceleran sus pasos y bailan bulliciosos, como si estuvieran en una verbena de pueblo. 

            También giran descoordinados, recibiendo el mismo aliento; entonces parece que calientan por separado antes de poner en escena la coreografía ensayada. 

            En dos ocasiones he tenido que recogerlos desgajados, con el mecanismo simple y sus piezas esparcidas por el suelo, después de un baile tempestuoso, fiero, salvaje. La última ocurrió hace poco. Desde entonces, la terraza está a la espera. Como yo. 

Ya estoy pensando cómo serán los siguientes, de qué color, cuándo podré colocarlos. Deseo contemplar su baile para bailar el mío con ellos.

 

María José Aguayo


 

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