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  EL PICHÓN   Es su primera vez. Quiere atacar y no puede. No le queda mucho tiempo. La cuenta atrás en el reloj es inevitable. Cada baja le duele como una herida abierta. Son demasiadas. Aun así, lucha con todo su ímpetu. No contempla la huida como opción. Protege al rey y abandona al resto de figuras a su suerte. Permanece atento a cualquier acercamiento de las contrarias, consciente de que portan la sentencia de muerte.  En un esfuerzo feroz de concentración, moviliza las fuerzas que le quedan.  Rebusca en su memoria el instinto de ataque extremo. Se siente acorralado y, a pesar de su debilidad, todos sus sentidos se mantienen alertas. Intenta ahuyentar a las blancas, pero no consigue evitar nuevas pérdidas.  Contrae de manera imperceptible los músculos de su cara, apenas traga saliva, no se permite acomodarse en el asiento. Recurre a un ardid desesperado. Quiere parecer amenazante con la derrota escrita en la cara. Su oponente solícito le deja hacer. Conoce ...
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  EN BUCLE   Voy a la peluquería. Tengo cita. Salgo como entré, sin arreglarme el pelo. No sé qué quería hacerme. Me despido. Quedo en volver pronto. Un coche entra al salón de belleza como si estuviéramos en un taller. Conozco al peluquero, pero no le pongo cara. Al parecer ahora también arregla coches rodeado de champús, espejos y secadores. Me estoy angustiando. No encuentro la salida. Ando cada vez más perdida subiendo y bajando las plantas de un gran edificio que no conozco, entre ascensores y portales de no salida. Fuera, en la calle, un olor a musgo mezclado con otras plantas aromáticas y el humo de su cigarrillo me envuelve. Su recuerdo me asalta. No es la primera vez. Salgo otra vez con G. y estoy contenta, aunque al momento vuelvo a sentir la desazón en el estómago por haberlo dejado de nuevo. Los vaivenes del pasado se instalan en el presente.  Camino con mi sobrino P. y mi hija J. por la calle con bolsas de basura tamaño jardín llenas para tirar. Contienen ute...
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PROPÓSITOS SENCILLOS   Tengo tantas ganas de solucionarlo que nuevamente malinterpreté el mensaje. Lo que entendí:             —Buenos días, me puedo pasar sobre las doce para replantar la siembra. Una inyección de optimismo y entusiasmo me recorre el cuerpo al leerlo. De repente, camino más ágil a la vuelta de mi cita con el modisto, a pesar del calor que asciende del asfalto por la amplia avenida sevillana carente de sombra en este asfixiante fin de primavera.  Al llegar a casa le cuento a mi hija lo contenta que estoy. Ella se despide deseando que se dé bien la siembra. Creo que las dos imaginamos antes de tiempo, la vuelta frondosa a la fachada de nuestra casa. La realidad: —… para replantear la siembra. Tan solo una letra provoca este nuevo malentendido, el que me hace olvidar mis sollozos de hace veintiún días. Finalizaba mayo cuando la equivocación condujo a la pérdida inesperada de las tuyas que enmarcaban el ...
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  EL ZAPATERO SIN DUENDES Había una vez un aprendiz de zapatero que decidió sustituir los cordones de sus zapatillas de deporte por otros elásticos, sin lazos, con cierre metálico. Cuando terminó el primer par, le gustó tanto el resultado que pensó:             —Se los cambiaré a todos. Compró más kits de cordones de distintos colores en el mercado y fue transformando, poco a poco, todos sus zapatos. Cuando acabó, aún le sobraban piezas. Un domingo le propuso a su esposa hacer lo mismo con los suyos, si alguno de los colores le encajaba: gris, azul, verde, blanco.  Al ver la ilusión en su rostro le dijo: —Anda, tráemelos. La mujer, que ya había visto el resultado en los zapatos de su marido, aceptó. Pensó en dos pares: unos amarillos y otros blancos. Antes de comer, ella le llevó los zapatos al “taller”. —¡Vaya, traes dos! —dijo él—.  Por un instante pareció dudar de su ofrecimiento.  —Es una tarea muy ...
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TIEMPO DE COSECHA Fue en enero cuando, por primera vez, entré en su casa.  Parada en el rellano, miraba a las dos puertas. La suya como nos había indicado era la del mandala blanco de flores. No tenía perdida. Aun así, con las palmas de la manos sudorosas, me aseguré de llamar al timbre correcto. Saludé con cierta torpeza. Me acerqué algo encorsetada a dar dos besos a Carmen, la profesora. Ya nos conocíamos del taller del curso pasado del Ayuntamiento. Ese día llegué la última. Seguí el rugido del río, pero me perdí cuando ya estaba en el pueblo. Cuando entré todas las compañeras estaban sentadas alrededor de la mesa. No conocía a ninguna. No tuve que buscar la silla que me protegiera. Era la que quedaba vacía y estaba en buen sitio, me hizo sentir resguardada. Respiré. Dejé mi bolso sobre la mesa. Delante de mí, un cuadernito de flores, igual que el de ellas me daba la bienvenida.   Hoy, el salón sigue dispuesto en penumbra, con los muebles cambiados de sitio para adaptarse a...
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  CENA, BAILA, ESCRIBE Un día, en clase, recibimos alborotadas la propuesta de Carmen de cambiar nuestra sesión de taller de escritura en el saloncito de su casa por: salir a cenar, ir después a bailar y para terminar, sentarnos en algún lugar a escribir sobre la experiencia vivida.  Semanas después, llegó la noche acordada de mayo.  Quedamos a la caída del sol en un restaurante mejicano de la Alameda de Hércules. Después de un día caluroso, la noche se quedó espléndida y escogimos la terraza. Sobre las mesas, nos daba la bienvenida el mismo hule de nuestras sesiones de taller. Para mí, hubo un antes y un después. Mientras estuvimos sentadas alrededor de la mesa comiendo y bebiendo, con nuestros cuerpos anclados, fuimos las mismas. La conversación, todo cuanto ocurría, tenía sentido. También el tatuaje simbólico con nuestro alias, que la profesora nos dibujó en el antebrazo con tinta morada: en el mío, DISFRUTONA. La estampa mostraba un grupo de mujeres que cenan alegres....
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MELODÍA SILENCIOSA Cada día, al levantarme, acudo a saludarlas. La jornada no empieza hasta que poso mi mirada en ellas. Erguidas sobre un lecho protector, anhelan ser contempladas. Lucen entusiastas bañadas por la lluvia, cuando los días refrescan o el calor aumenta. No faltan a la cita. Me brindan cada vez: su atrevimiento, su fragancia, su belleza. Aman la caricia del sol. Lo necesitan. Coquetas lo buscan. Como hice yo sin mesura, cuando creía en la primavera eterna. Hace casi dos meses, tras una larga espera, las coloqué en un trenzado de madera. Conté las líneas como las de un pentagrama. Las deposité de forma armoniosa como si fueran corcheas, blancas, negras. Ajusté el espacio para percibir la tonalidad de cada una de ellas. Bajo los cuidados de mi batuta, esta composición se hace realidad cada día. Puedo oír cómo sus colores se hinchan hasta estallar. De sus cálices rebosa una melodía silenciosa. Compartimos jardín. Yo las contemplo. Ellas me observan. Yo las arreglo y ellas me...