CALENTAMIENTO No sé si he perdido el do de mi clarinete, la comba o un diente para el Ratón Pérez. Lo que sé es que la sensación es de extravío en el momento en que me siento hoy a escribir esto. La anunciada llegada de los Magos de Oriente, la noche mágica que todavía consigue remover mariposas en mi barriga y acelerar los latidos de mi corazón, está cada vez más cerca. Como cada año, pondrá el broche final al tsunami de las fiestas navideñas. Enredada entre el calor de los fogones de comidas opulentas y el baile de vajillas que salen a escena, abandonando su retiro anual de aparadores, alacenas y vitrinas —como artistas que lo hicieran de sus camerinos—, dejé de soltar la mano para escribir… La ocupé a contrarreloj en estos otros menesteres: —¡Mamá que no llegamos! —frase familiar acuñada desde que hace algunos años yo la expresara como un mantra por primera vez, atacada de nervios por no estar a tiempo —nunca oc...
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EL ATRIO Desde hace veinticinco años, ya nunca va a misa, pero acude, cada dieciocho de diciembre, a sentarse un rato en la terraza del bar junto al atrio de hierro y piedra de la Iglesia. Sumida en sus pensamientos lleva la taza de café con cuidado a sus labios. Un soplo que es más un escape de aliento, un suspiro, una muleta, que le ayuda a acercarse a mirar por la rendija de aquella puerta. Como si contenido en el arrullo de la piedra y el hierro, hubiera quedado atrapado el barro que conformó su cuerpo cuando lo atravesó a hombros, por última vez, dentro de una caja de madera. Cada año vuelve hasta allí para requerir su encuentro. Acude con la ilusión de volver a sentir el calor que un día abrigó, el sonido de la corriente cantarina de su sangre corriendo por sus venas hasta su generoso corazón. Acude para aliviar su avariciosa voz de hermana. Y acude para perdonarse por no haber podido sostenerla,...
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DE SU PUERTA A LA MÍA ¡Ella nunca lo leerá! El papel huyó de sus manos nudosas, surcadas de venas. Tras dibujar espirales en el aire, continuó su camino flotando por la ventana abierta. Le había llevado una vida decidirse. No podía reescribirlo. Cerró los ojos exhausta. Seguía hundida en el Voltaire de su escritorio cuando, ya entrada la noche, llamaron a la puerta con impaciencia. Apenas se movió. Las piernas le pesaban. El eco de su ausencia la invadía. Entonces, un roce leve sonó por la ranura. Se inclinó arrobada. La nota tembló en sus manos. Sobrecogida leyó: —Tu letra inconfundible me encontró. Sí, quiero. María José Aguayo Imagen: Créditos a la autoría
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POCIÓN DE BRUJA Alcachofa, cola de caballo, diente de león. Junto a la rústica cabaña hecha de troncos retorcidos, entretejidos de un modo imposible de conseguir por manos humanas, se oye el incansable borboteo de la poción y el crepitar del fuego bajo el caldero humeante. El efluvio de la cocción —una mezcla de resina, madera y plantas— llega hasta el camino desde un rincón oculto del bosque, impregnando todo el sendero. Entre las sombras, un rayo de sol se filtra e ilumina parcialmente la figura —delicada y fuerte a la vez— de una mujer, Sylvia, la hechicera, quien remueve con sus manos encallecidas el contenido, con un gran cucharón de hierro. El brebaje debe espesar. La campana del campanario la avisa, tiene que llevarlo a la posada, donde el viajero, corroído por el dolor, se retuerce sobre el jergón de paja, los brazos cruzados apretados contra su estómago y el rostro bañado en sudor. Lo visitó cuando el sol aún descendía hacia los montes que rodea...
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¡AGÁRRATE A LA BARRA! Y de pronto, llegaba un día en que la enorme Olivetti de mi padre, incansable entre semana, dejaba por fin de sonar. El despacho quedaba en silencio, vacío y cerrado. Era domingo y la Alameda nos esperaba. Mayores y pequeños, en familia, lucíamos nuestras mejores galas, la ropa de domingo. En invierno, mis delgadas piernas se perdían enfundadas en unos gruesos leotardos —casi siempre con alguna puntada en las rodillas tras el estreno—. Llevaba el abrigo de paseo y aquellos guantes y bufandas de colores que, en alguna ocasión, no regresaron conmigo a casa. Nada más entrar, a la izquierda de la puerta principal, nos recibía Rafael, el barquero, con su boina negra calada de medio lado, el cigarro en la comisura de los labios, y ese grito con voz rugosa que me hacía vibrar: —¡Agárrate a la barra! Con él empeza...
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EL MUNDO ES UN PAÑUELO Por mesa de quirófano, el suelo del lavadero. Bajo la luz blanca cenital y el frío de la sala, el especialista abre su maletín y extrae una caja alargada de plástico rígido. Una mitad transparente, la otra ahumada; parece un estuche de gafas de natación. La mantiene cerrada con varias filas de gomilla que desliza hacia la punta para abrirla. Te pide algo para apoyar las rodillas. Ante tu atenta mirada comienza la intervención en silencio. Va sacando los tornillos y los deja caer en la caja, donde suenan como balines retirados en una bandeja de quirófano. Tras abrir y revisar, cierra negando con la cabeza. Lo sabías. No puede salvarla. Desde que llegó nueva en casa dio muestras de su fragilidad. Empezó a resentirse con poco tiempo de funcionamiento y precisó de intervenciones frecuentes del técnico. Fabricada como cualquiera de sus iguales, de forma compacta con el objetivo de impedir sustituir sus piezas y repararla, lo que hubiera prolongado su...
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NOVIEMBRE El jardín duerme. Sobre su manto acolchado llora el cielo. Los verdes y marrones brillan, empapados por un llanto sereno. Apenas queda huella de otros colores, resguardados, sueñan con la próxima primavera. Sobre un velo de aliento en el cristal, hago girar mis dedos. Al abrigo, le cuento al frío mis secretos. María José Aguayo