TIEMPO DE COSECHA Fue en enero cuando, por primera vez, entré en su casa. Parada en el rellano, miraba a las dos puertas. La suya como nos había indicado era la del mandala blanco de flores. No tenía perdida. Aun así, con las palmas de la manos sudorosas, me aseguré de llamar al timbre correcto. Saludé con cierta torpeza. Me acerqué algo encorsetada a dar dos besos a Carmen, la profesora. Ya nos conocíamos del taller del curso pasado del Ayuntamiento. Ese día llegué la última. Seguí el rugido del río, pero me perdí cuando ya estaba en el pueblo. Cuando entré todas las compañeras estaban sentadas alrededor de la mesa. No conocía a ninguna. No tuve que buscar la silla que me protegiera. Era la que quedaba vacía y estaba en buen sitio, me hizo sentir resguardada. Respiré. Dejé mi bolso sobre la mesa. Delante de mí, un cuadernito de flores, igual que el de ellas me daba la bienvenida. Hoy, el salón sigue dispuesto en penumbra, con los muebles cambiados de sitio para adaptarse a...
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CENA, BAILA, ESCRIBE Un día, en clase, recibimos alborotadas la propuesta de Carmen de cambiar nuestra sesión de taller de escritura en el saloncito de su casa por: salir a cenar, ir después a bailar y para terminar, sentarnos en algún lugar a escribir sobre la experiencia vivida. Semanas después, llegó la noche acordada de mayo. Quedamos a la caída del sol en un restaurante mejicano de la Alameda de Hércules. Después de un día caluroso, la noche se quedó espléndida y escogimos la terraza. Sobre las mesas, nos daba la bienvenida el mismo hule de nuestras sesiones de taller. Para mí, hubo un antes y un después. Mientras estuvimos sentadas alrededor de la mesa comiendo y bebiendo, con nuestros cuerpos anclados, fuimos las mismas. La conversación, todo cuanto ocurría, tenía sentido. También el tatuaje simbólico con nuestro alias, que la profesora nos dibujó en el antebrazo con tinta morada: en el mío, DISFRUTONA. La estampa mostraba un grupo de mujeres que cenan alegres....
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MELODÍA SILENCIOSA Cada día, al levantarme, acudo a saludarlas. La jornada no empieza hasta que poso mi mirada en ellas. Erguidas sobre un lecho protector, anhelan ser contempladas. Lucen entusiastas bañadas por la lluvia, cuando los días refrescan o el calor aumenta. No faltan a la cita. Me brindan cada vez: su atrevimiento, su fragancia, su belleza. Aman la caricia del sol. Lo necesitan. Coquetas lo buscan. Como hice yo sin mesura, cuando creía en la primavera eterna. Hace casi dos meses, tras una larga espera, las coloqué en un trenzado de madera. Conté las líneas como las de un pentagrama. Las deposité de forma armoniosa como si fueran corcheas, blancas, negras. Ajusté el espacio para percibir la tonalidad de cada una de ellas. Bajo los cuidados de mi batuta, esta composición se hace realidad cada día. Puedo oír cómo sus colores se hinchan hasta estallar. De sus cálices rebosa una melodía silenciosa. Compartimos jardín. Yo las contemplo. Ellas me observan. Yo las arreglo y ellas me...
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TAN CERCA, TAN LEJOS Me siento fuera del tiempo. No es la primera vez. Sin moverme del sitio, por unos instantes, he permanecido perdida sentada en el espacio de mi escritorio. Pedía cita telefónica para mi revisión oftalmológica. En el centro médico de costumbre, con el especialista de siempre. Al colgar comencé a anotar fecha y hora en el calendario del móvil. Al añadir la ubicación no me salió la imagen del hospital de las veces anteriores. Me gusta ilustrar las anotaciones con una fotografía de referencia. Me ayuda a encontrar los eventos y me tranquiliza reconocer visualmente el lugar al que debo llegar. Deslizo por la pantalla el dedo para buscarla en la anotación de la última cita. La encuentro. Confirmo que existe. En vez de nombrar el edificio escribí la dirección. ...
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LA HEBRA DE MARÍAMOCO Rozo la frontera entre la realidad y la fantasía. Soy barroca. El vacío me encoge. En el colegio, la hebra de mis labores siempre era demasiado larga. Y claro, los nudos abundaban. Algunos se deshacían; otros exigían tijeras. No siempre las tenía a mano. Intentaba solucionarlo, sin mucha maña, antes de que madre Paz completara la ronda por el taller de costureras párvulas. Al llegar junto a mi mesa, rara vez pasaba de largo. Como una letanía, en cada parada del viacrucis, exclamaba: —Ya estamos otra vez con la hebra de Maríamoco, que cosió un camisón y le sobró pa otro. Y al finalizar levantaba los ojos al techo, exhalando un suspiro —. ¡Ay, Señor! Me puede la emoción. Los detalles me atrapan, bailo con ellos. Como las flores en primavera, despliego mis colores. Sobre el papel, nunca hago cambio de armario. Me hundo entre sus telas. Buceo a pulmón en busca de una per...
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LA PRIMERA CASA QUE HABITÉ Me voy a hacer los pies. Tengo tiempo. Es sábado. Voy a eliminar la piel muerta y las durezas de los talones y las plantas, la callosidad tenaz del dedo gordo de mi pie izquierdo. Repasaré con cuidado el crecimiento doloroso —de piel y carne— de mi uña encarnada del otro pie. Después los nutriré con crema y los masajearé. Lo que se abandona acaba por endurecerse. Tengo un puente muy pronunciado, casi de bailarina; el peso cae donde no debe: en las almohadillas delanteras y en los talones. Voy a dedicarles el tiempo que les niego en otoño e invierno. Siempre olvido la agradable sensación que experimento después de arreglármelos. En los primeros pasos que doy al caminar, parece que levitara. Rebusco tras la puerta del mueble del baño lo necesario: limas, crema exfoliante e hidratante. Los sumerjo un rato en un barreño de agua tibia con sal. Tendrá que ser fina. No m...
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DEL BOMBÍN LLOVIÓ DESEO No entiendo por qué nunca me gustó comer guisantes. De niña, subida a un taburete con un delantal que casi me llegaba hasta los pies, disfruté desenvainándolos. Hoy me meto en un jardín con palabras variadas de la misma familia: vaina, funda, estuche, cubierta, envoltorio. Los sábados, a continuación del almuerzo, durante el que apartaba en mi plato uno a uno los guisantes que me habían tocado, veía en la tele las películas de Sesión de tarde, en blanco y negro. En más ocasiones de las que me gustaba, tocaba mirar: Mosqueteros desenvainando y envainando sus espadas Vaqueros desenfundando y enfundando sus pistolas Indios, a la carrera, montando sin manos sus caballos, sacando las flechas del carcaj Terminado el recorrido de diez años entre hábitos, tocas de monja, sotanas y uniformes de colegio, salí con trece primaveras por la puerta con un singular equipaje: Miedo inculcado ...