LA AUTORIDAD DEL GATO
Sentada en el sillón orejero del salón, frente a la puerta de cristal del jardín, leo una columna del domingo en la prensa digital.
Por encima de la pantalla del portátil, observo que algo se mueve fuera, sobre el borde superior de uno de los paneles de madera que forman la rinconera del jardín.
Un gato atigrado, de espaldas a mí, rebusca con sus patas delanteras entre las ramas muertas del seto. A pesar de la separación, enciende todas mis alarmas.
Me levanto. Me acerco.
Quiero capturarlo con el móvil.
Me agazapo detrás del cristal.
Nos separa una distancia de poco más de seis metros.
Me asomo por detrás de la cortina. Por fin se siente descubierto, y yo también. Ambos retraemos el cuerpo sobresaltados. Sus movimientos reflejan la sorpresa. Congelados, nos clavamos la mirada durante unos instantes. Una sensación de repelo, como una corriente eléctrica, recorre mi cuerpo.
Con las orejas levantadas y la cola gacha aparta su mirada. Altanero, desfila por el ángulo recto de los paneles como una modelo por la pasarela, perdiéndose al llegar al extremo en el grosor del seto.
María José Aguayo
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