LA AUTORIDAD DEL GATO

 

Sentada en el orejero del salón, frente a la puerta de cristal del jardín, leo la columna del domingo de Irene Vallejo: La dulzura del león.

Por encima de la pantalla del portátil, observo que algo se mueve fuera, sobre el borde superior de uno de los paneles de madera, en la rinconera del jardín. Un gato grande y atigrado, de espaldas a mí,  intenta cazar con sus patas delanteras algún mirlo entre las ramas muertas del seto.

Con el cuerpo encogido, me levanto. Imito sus movimientos sigilosos y precisos para acercarme y capturarlo con el móvil, agazapada detrás del cristal.

Nos separa una distancia de poco más de seis metros.

Me asomo por detrás de la cortina. Por fin se siente descubierto, y yo también. Ambos retraemos el cuerpo sobresaltados. Sus movimientos reflejan la sorpresa. Pienso que saldrá huyendo, hasta que nos clavamos la mirada, congelados, unos instantes. Una sensación de repelús, una corriente eléctrica recorre mi cuerpo.

Con las orejas levantadas y la cola gacha aparta su mirada. No huye despavorido. Con aplomo, recorre lentamente el ángulo recto que forman los paneles trenzados, perdiéndose al llegar al extremo en el grosor del seto.

 

María José Aguayo

Comentarios

Entradas populares de este blog