DEL BOMBÍN LLOVIÓ DESEO
No entiendo por qué nunca me gustó comer guisantes.
De niña, subida a un taburete con un delantal que casi me llegaba hasta los pies, disfruté desenvainándolos.
Hoy me meto en un jardín con palabras variadas de la misma familia: vaina, funda, estuche, cubierta, envoltorio.
Los sábados, a continuación del almuerzo, durante el que apartaba en mi plato uno a uno los guisantes que me habían tocado, veía en la tele las películas de Sesión de tarde, en blanco y negro.
En más ocasiones de las que me gustaba, tocaba mirar:
Mosqueteros desenvainando y envainando sus espadas
Vaqueros desenfundando y enfundando sus pistolas
Indios, a la carrera, montando sin manos sus caballos, sacando las flechas del carcaj
Terminado el recorrido de diez años entre hábitos, tocas de monja, sotanas y uniformes de colegio, salí con trece primaveras por la puerta con un singular equipaje:
Miedo inculcado a que, tras la muerte, me comieran los gusanos
Conciencia de clase tatuada —distinguía claramente a la que no pertenecía y el complejo que me provocaba—
Un libro bajo el brazo: Una chica se aventura.
Supe que no lo leería desde antes de que me lo entregaran.
Por fin, un acto de rebeldía.
La mariposa, por instinto, abandonó su crisálida en dirección contraria al supuesto contenido de aquellas páginas. Entonces no sabía lo que sé ahora: volaba por intuición, en busca de un apetito desconocido.
Más adelante, con nocturnidad, en una plaza vacía, comencé a descubrir en compañía de mi propio mosquetero el sentido de ese hambre. Bañados de oscuridad y bajo la mirada distraída de un pinsapo vigilante, la vaina que me acompañaba desde mi nacimiento —la innombrada—, tan mía como la nariz, se fundía al tacto de unos dedos que aprendían a leer su braille.
Sin rastro de pereza en nuestros pies, cruzábamos ligeros el puente, cada vez que podíamos, apartando el frío, hasta llegar al banco de piedra en el que rodeados por conventos, y tornos de clausura, ebrios de deseo, dimos paso al preludio del encuentro de la espada y su vaina.
Aquella vaina tenía nombre: vagina.
Ha pasado el tiempo. Ya estoy jubilada. Vuelvo por segunda vez a dar la clase del taller de escritura en el parque de La Loberilla. Tumbada sobre el pareo de playa, como el lagarto de su estampado, repto para encontrar la postura. Las yemas de mis dedos, como sus ventosas, sujetan firme el bolígrafo para escribir en el cuaderno. Del bombín llueven palabras. Me toca engarzar: nariz, pereza, ebriedad y vagina. Busco algo de sombra; la luz del sol las devora.
Y así, bajo el sol de marzo, cuatro mujeres nombran —por fin— el deseo.
María José Aguayo
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