LA PRIMERA CASA QUE HABITÉ

 

Me voy a hacer los pies. Tengo tiempo. Es sábado. Voy a eliminar la piel muerta y las durezas de los talones y las plantas, la callosidad tenaz del dedo gordo de mi pie izquierdo. Repasaré con cuidado el crecimiento doloroso —de piel y carne— de mi uña encarnada del otro pie. Después los nutriré con crema y los masajearé. Lo que se abandona acaba por endurecerse.

Tengo un puente muy pronunciado, casi de bailarina; el peso cae donde no debe: en las almohadillas delanteras y en los talones. Voy a dedicarles el tiempo que les niego en otoño e invierno. Siempre olvido la agradable sensación que experimento después de arreglármelos. En los primeros pasos que doy al caminar, parece que levitara.  

            Rebusco tras la puerta del mueble del baño lo necesario: limas, crema exfoliante e hidratante. Los sumerjo un rato en un barreño de agua tibia con sal. Tendrá que ser fina. No me queda sal gorda de la de guisar las carnes de Navidad. Lo apunto en la pizarra de la cocina para comprarla.

            Los pies son una de las partes del cuerpo que más descuido. Aunque la verdad, a las otras, tampoco las atiendo mucho. Es como si las hubiera sepultado —me avergonzaban—, como si no me pertenecieran. 

Desde que empecé a practicar Pilates, mi cuerpo ha ido volviendo a ocupar su sitio. A partir de entonces, parece que no pido permiso para estar. Me he vuelto más visible. Algo me empuja a moverlo. Estaba estancado. Ahora lo estiro hasta entrelazarlo al movimiento de mis dedos cuando escriben palabras. 

            Y, sin embargo, no siempre fue así. 

          Desde muy pronto fue enterrado. 

        Primero por aquella niña canija, a la que se le escurrían las ingles del bañador por los muslos sin forma de sus piernas delgadas. 

        Después por la adolescente intimidada por aquel improperio proferido por un guripa aburrido desde la garita de guardia:

            —¡Niña, vendes pantalón o compras carne!

Finalmente, la joven a la que su mejor amiga le dijo un día al verla por la espalda asomada a la terraza de su casa:

            —¡Illa, pareces una muestra gratuita! 

Así, pasé a mis padres el testigo de mi complejo por mi escaso peso. Me llevaron al médico. La enfermera zanjó la visita:

—Cuando tengas cuarenta años, como yo, llorarás por no pesar esto.

            Y siempre lloviendo piedras sobre la primera casa que habité.

            Solo en alguna ocasión, con la respiración agitada por tanto atrevimiento, alejada de la orilla, he disfrutado a conciencia de la caricia del mar envolviendo por completo mi desnudez.

            Parecía que solo cobraba valor si estaba vestida. Así, aprendí, desde muy pronto, a combinar prendas y complementos para mostrar un buen aspecto con el que suplir lo que entonces creía falta de un cuerpo correcto. Hasta que la primera casa que habité, hibernada durante tantas estaciones y enterrada bajo tantas piedras, se despereza buscando ocupar su sitio.

            Cuando el lunes acuda a mi clase de Pilates no esconderé mis pies dándome prisa por cambiar mis calcetines deportivos por los antideslizantes. A pesar de haberlos descuidado durante tanto tiempo, han esperado, pacientes, y me han traído hasta aquí para que me asome a ver la belleza que hay en mi cuerpo.

            A eso me dedico por fin: a desnudar mi primera casa de cualquier vestimenta, a despejar el pedregal bajo el que se oculta, buscando el equilibrio entre descubrir mi cuerpo y ese espacio al que ahora puedo poner palabras.

 

María José Aguayo

 

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