SUSPENDIDA EN EL AIRE
Me siento fuera del tiempo. Sin moverme del sitio. Por unos instantes he permanecido perdida sentada en el espacio de mi escritorio.
Pedía cita telefónica para mi revisión oftalmológica. En el centro médico de costumbre, con el especialista de siempre.
Al colgar comencé a anotar fecha y hora en el calendario del móvil. Al añadir la ubicación no me salió la imagen del hospital de las veces anteriores. Me gusta ilustrar las anotaciones con una fotografía de referencia. Me ayuda a encontrar los eventos y me tranquiliza reconocer visualmente el lugar al que debo llegar.
Deslizo por la pantalla el dedo para buscarla en la anotación de la última cita. La encuentro. Confirmo que existe. En vez de nombrar el edificio escribí la dirección. Tecleo para corregirlo. Deslizo de nuevo el dedo por la pantalla para regresar al presente y comprobar que las coordenadas son correctas.
En ese momento, pierdo el control del mando. Patino. Derrapo. Corro. Eventos repetidos me impulsan a recorrer los años a velocidad de torbellino. En cuestión de segundos viajo, esta vez, hacia el futuro.
Comando una pequeña máquina del tiempo. Cuando busco una fotografía en la galería, transito el tiempo hacia adelante, hacia atrás, de vuelta al presente a velocidad vertiginosa, deslizándome a través de un agujero de gusano.
Con mi cita agendada, pienso en el Ulises de animación a bordo de su nave espacial. Él viajaba acompañado. Yo viajo sola.
Tras pedir mi cita me veo suspendida en el aire flotando sin rumbo en el hangar de una pantalla de cristal, como la tripulación del protagonista, castigada por Poseidón a un letargo permanente.
Hace dos días la olvidé. Salí de mi casa sin mi inseparable máquina del tiempo. Ya estaba sentada en el metro cuando me di cuenta. Sin ella, caminé por las calles de la ciudad acompañada por un vacío como suspendida en el aire. Buscaba mi regreso a la Tierra. Necesitaba recuperarla cuanto antes. Solo así regresaría a mí.
María José Aguayo
Comentarios
Publicar un comentario