PROPÓSITOS SENCILLOS Tengo tantas ganas de solucionarlo que nuevamente malinterpreté el mensaje. Lo que entendí: —Buenos días, me puedo pasar sobre las doce para replantar la siembra. Una inyección de optimismo y entusiasmo me recorre el cuerpo al leerlo. De repente, camino más ágil a la vuelta de mi cita con el modisto, a pesar del calor que asciende del asfalto por la amplia avenida sevillana carente de sombra en este asfixiante fin de primavera. Al llegar a casa le cuento a mi hija lo contenta que estoy. Ella se despide deseando que se dé bien la siembra. Creo que las dos imaginamos antes de tiempo, la vuelta frondosa a la fachada de nuestra casa. La realidad: —… para replantear la siembra. Tan solo una letra provoca este nuevo malentendido, el que me hace olvidar mis sollozos de hace veintiún días. Finalizaba mayo cuando la equivocación condujo a la pérdida inesperada de las tuyas que enmarcaban el ...
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Mostrando entradas de junio, 2026
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EL ZAPATERO SIN DUENDES Había una vez un aprendiz de zapatero que decidió sustituir los cordones de sus zapatillas de deporte por otros elásticos, sin lazos, con cierre metálico. Cuando terminó el primer par, le gustó tanto el resultado que pensó: —Se los cambiaré a todos. Compró más kits de cordones de distintos colores en el mercado y fue transformando, poco a poco, todos sus zapatos. Cuando acabó, aún le sobraban piezas. Un domingo le propuso a su esposa hacer lo mismo con los suyos, si alguno de los colores le encajaba: gris, azul, verde, blanco. Al ver la ilusión en su rostro le dijo: —Anda, tráemelos. La mujer, que ya había visto el resultado en los zapatos de su marido, aceptó. Pensó en dos pares: unos amarillos y otros blancos. Antes de comer, ella le llevó los zapatos al “taller”. —¡Vaya, traes dos! —dijo él—. Por un instante pareció dudar de su ofrecimiento. —Es una tarea muy ...
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TIEMPO DE COSECHA Fue en enero cuando, por primera vez, entré en su casa. Parada en el rellano, miraba a las dos puertas. La suya como nos había indicado era la del mandala blanco de flores. No tenía perdida. Aun así, con las palmas de la manos sudorosas, me aseguré de llamar al timbre correcto. Saludé con cierta torpeza. Me acerqué algo encorsetada a dar dos besos a Carmen, la profesora. Ya nos conocíamos del taller del curso pasado del Ayuntamiento. Ese día llegué la última. Seguí el rugido del río, pero me perdí cuando ya estaba en el pueblo. Cuando entré todas las compañeras estaban sentadas alrededor de la mesa. No conocía a ninguna. No tuve que buscar la silla que me protegiera. Era la que quedaba vacía y estaba en buen sitio, me hizo sentir resguardada. Respiré. Dejé mi bolso sobre la mesa. Delante de mí, un cuadernito de flores, igual que el de ellas me daba la bienvenida. Hoy, el salón sigue dispuesto en penumbra, con los muebles cambiados de sitio para adaptarse a...