Fue en enero cuando, por primera vez, entré en su casa.
Parada en el rellano, miraba a las dos puertas. La suya como nos había indicado era la del mandala blanco de flores. No tenía perdida. Aun así, con las palmas de la manos sudorosas, me aseguré de llamar al timbre correcto. Saludé con cierta torpeza. Me acerqué algo encorsetada a dar dos besos a Carmen, la profesora. Ya nos conocíamos del taller del curso pasado del Ayuntamiento. Ese día llegué la última. Seguí el rugido del río, pero me perdí cuando ya estaba en el pueblo. Cuando entré todas las compañeras estaban sentadas alrededor de la mesa. No conocía a ninguna. No tuve que buscar la silla que me protegiera. Era la que quedaba vacía y estaba en buen sitio, me hizo sentir resguardada. Respiré. Dejé mi bolso sobre la mesa. Delante de mí, un cuadernito de flores, igual que el de ellas me daba la bienvenida.
Hoy, el salón sigue dispuesto en penumbra, con los muebles cambiados de sitio para adaptarse a las sofocantes temperaturas de un final intenso de calor esta primavera.
Estoy sentada en el sofá, junto a la profesora. Es amplío, la distancia respeta el espacio de cada una. En frente, sentadas en dos sillones, las dos compañeras que quedan. El ventilador oscilante nos asiste para que respiremos en la última sesión del taller de escritura.
Por la mañana, fui a la librería a recoger mi encargo. Iba por un solo libro, volví con tres. Al día siguiente, después de desayunar, hago un nuevo pedido: la trilogía de Deborah Levy que la profesora me recomienda en nuestro último día.
La otra y yo, hemos llegado hasta el final sin faltar a ninguna clase. Somos alumnas aplicadas. Aunque la pequeña trajo a la grande, ha llegado el momento de dejar jugar a la niña que redactaba en el colegio y darle el espacio que le corresponde a la mujer que escribe ahora. Ponerme manos a la obra. Abandonar la peor pesadilla de una costurera, un hilo que se deshilacha estropeando su labor. Aunque uso hebra de calidad, según me dice la profesora, tengo el vicio de conseguir abrirlo en hilachas. Mis escenas se multiplican como tentáculos que ocultan las puntadas de mis historias. Ese es mi trabajo: encontrar la hebra perdida entre la maraña confusa, sin salirme de su senda por perseguir mariposas.
En este punto cuando me miro al espejo veo que he crecido. Necesito soltar los bajos y ajustarlos a mi estatura actual. Mi voz titubeante está decidida a intentarlo. Sin la guía y el acompañamiento de Carmen y de mis compañeras, no habría sido posible observarlo y, aceptarlo, a pesar de mis reticencias.
En enero, una cita me trajo a escribir cerca del río. Mi deseo entonces fue que las palabras brotaran. En junio recojo mi deseo conseguido.
¡Gracias!
María José Aguayo
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