PROPÓSITOS SENCILLOS
Tengo tantas ganas de solucionarlo que nuevamente malinterpreté el mensaje.
Lo que entendí:
—Buenos días, me puedo pasar sobre las doce para replantar la siembra.
Una inyección de optimismo y entusiasmo me recorre el cuerpo al leer este mensaje. De repente, camino más ágil a la vuelta de mi cita con el modisto, a pesar del calor que asciende del asfalto por la amplia avenida carente de sombra en este asfixiante fin de primavera.
Al llegar a casa le cuento a mi hija lo contenta que estoy. Ella se despide deseando que se dé bien la siembra. Creo que las dos imaginamos antes de tiempo, la vuelta frondosa a la fachada de nuestra casa.
La realidad:
—… para replantear la siembra.
Este nuevo malentendido me hace olvidar mis sollozos de hace veintiún días. Finalizaba mayo cuando la equivocación condujo a la pérdida inesperada de las tuyas que enmarcaban el frontal de la puerta de mi casa desde hacía décadas. Su lúgubre visión actual me dará la bienvenida por un tiempo excesivo.
—María José, ¿qué os ha pasado? —preguntó aquel día al pasar una vecina mirando el devastado escenario. —Con un hilo de voz y el escobón en la mano le respondí:
—Un malentendido.
Plantados en mitad de la calzada invadida por los restos de la drástica poda, ante mi desconsuelo, unos minutos antes Manuel me había dicho:
—Dichoso WhatsApp, por eso no me gusta. Si hubiéramos hablado personalmente esto no hubiera pasado.
Mientras hablaba cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro y apartaba la mirada de mis lágrimas.
—Ha sido culpa mía, Manuel. Perdona, pero me he impresionado al verlo, no me lo esperaba. Y ahora, ¿qué hacemos?
A mí me hablan las plantas. No me importa que no se entiendan mis lágrimas por ellas.
Hoy no usa la llave del jardín que guarda desde hace años. Llama al portero.
—Por tu respuesta me di cuenta de que no habías entendido bien lo que te decía —comenta al llegar. Se detiene ante los esqueletos de tuyas aferrados a la casa. Con una navaja va levantando cortezas por si hubiera signos de vida y busca huecos para la nueva hiedra.
Calcula nueve plantones; seis para el lado más grande y tres para el pequeño. Guiará los tallos tiernos por los troncos y ramas secas. Me anticipa que al principio apenas se verán, quedará ridículo. Que no crecerá hasta la primavera. Que necesitará agua todos los días hasta que esté tupida como un muro.
Tras revisar el replanteo, mientras abona y fumiga la grama, me siento a la sombra en el banco de madera. Le hago compañía, contemplo cómo trabaja. Converso con él. Sus movimientos y tono de voz me aquietan. Mi casa, ya madura, tiene apetitos sencillos.
Le pregunto si sabe cuándo podrá venir a plantar.
—Llamaré al vivero; si tienen plantones de hiedra, quiero volver esta misma semana a sembrarla —dice con gesto complacido.
Cuando se marcha respiro tranquila. Comparto ciegamente el titular que ha acudido a mi encuentro: «La mayoría de los japoneses dicen que su ikigai es la familia, cuidar del jardín o ver a sus amigos».
De puertas para dentro, mi jardín da fe de ello. De puertas para fuera, elijo creer que las manos de mi jardinero me devolverán un destello del sentido perdido.
María José Aguayo
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