EL ZAPATERO SIN DUENDES
Había una vez un aprendiz de zapatero que decidió sustituir los cordones de sus zapatillas de deporte por otros elásticos, sin lazos, con cierre de rosca.
Cuando terminó el primer par, le gustó tanto el resultado que pensó:
—Se los cambiaré a todos.
Compró más kits de cordones de distintos colores en el mercado y fue transformando, poco a poco, todos sus zapatos. Cuando acabó, aún le sobraban piezas.
Un domingo le propuso a su esposa hacer lo mismo con los suyos, si alguno de los colores le encajaba: gris, azul, verde, blanco. Al ver la ilusión en su rostro le dijo:
—Anda, tráemelos.
La mujer, que ya había visto el resultado en los zapatos de su marido, aceptó. Pensó en dos pares: unos amarillos y otros blancos.
Antes de comer, ella le llevó los zapatos al “taller”.
—¡Vaya, traes dos! —dijo él—. Por un instante pareció dudar de su ofrecimiento.
—Es una tarea muy engorrosa. Con los míos hacía uno al día.
—No hay prisa —respondió ella—. Haz uno cada día.
La mujer se marchó.
A la hora de comer, él subió a la cocina con uno de los zapatos amarillos para que ella se lo probara y ajustara el ancho si hacía falta. A ella le costó ponérselo. Le estaba algo estrecho. Se levantó, volvió con unas hormas de cartón y las introdujo en el zapato. Después aflojó los cordones, ensartándoles el mazo de madera del chino para estirarlos, ante la mirada sorprendida de su esposo.
—Qué rara eres —dijo él, perplejo por el uso de aquellos utensilios.
Ella dejó los zapatos a un lado hasta después de comer, sin responder.
Al terminar el postre, sobre la mesa ya recogida de la cocina, el zapatero volvió a su labor. La mujer, sentada enfrente, lo observaba trabajar afanoso. Solo entonces comprendió que cambiar aquellos cordones no era tan sencillo como había imaginado.
Lo vio retirar los antiguos, pasar el elástico por los estrechos ojales, ajustar la tensión a ojo, ensartar el cierre de rosca, cortar el sobrante, quemar los flequillos sueltos y enroscar las piezas procurando que el cordón no quedara retorcido y permaneciera centrado sobre la lengüeta, mientras fruncía el ceño, comprobaba el resultado, deshacía algún paso si era necesario y volvía a empezar.
Ella no decía nada. Se limitaba a observar, sorprendida, aquellas manos pacientes, entregadas a una tarea minuciosa, una y otra vez, hasta terminar los cuatro zapatos.
Con los dos pares sin lazo alineados en el suelo, la mujer pensó que, aunque en su zapatero seguirían conviviendo zapatillas con y sin lazo, cada vez que usara aquellas dos recordaría el tiempo que su esposo, el aprendiz de «zapatero», había dedicado a ellas. Y sonreiría al recordar cómo pudo ver, sin esperar a que cayera la noche, a su duende deshaciendo y rehaciendo la labor, sin prisas, cuantas veces hizo falta hasta terminarla.
María José Aguayo
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