CENA, BAILA, ESCRIBE


Un día, en clase, recibimos alborotadas la propuesta de Carmen de cambiar nuestra sesión de taller de escritura en el saloncito de su casa por: salir a cenar, ir después a bailar y para terminar, sentarnos en algún lugar a escribir sobre la experiencia vivida. 

Semanas después, llegó la noche acordada de mayo. 

Quedamos a la caída del sol en un restaurante mejicano de la Alameda de Hércules. Después de un día caluroso, la noche se quedó espléndida y escogimos la terraza. Sobre las mesas, nos daba la bienvenida el mismo hule de nuestras sesiones de taller.

Para mí, hubo un antes y un después. Mientras estuvimos sentadas alrededor de la mesa comiendo y bebiendo, con nuestros cuerpos anclados, fuimos las mismas. La conversación, todo cuanto ocurría, tenía sentido. También el tatuaje simbólico con nuestro alias, que la profesora nos dibujó en el antebrazo con tinta morada: en el mío, DISFRUTONA. La estampa mostraba un grupo de mujeres que cenan alegres.

En el centro de la Alameda, una vez que cada una tiró la tarrina terminada de su helado en una papelera, sentí que el grupo empezaba a desdibujarse, mientras nuestras siluetas indíviduales se revelaban con más nitidez. Comenzamos a vagar a la deriva. Seguíamos juntas; sin embargo, cada una intentaba ocupar su propio espacio. Como si el nexo desapareciera, unas más que otras, nos fuimos dando a la fuga como gotas de agua que se escapan por una tubería rota.

La reunión que antes era natural comenzó a volverse extraña. Los esfuerzos por enmascarar el escape volvían la situación más rara. Habíamos perdido nuestra armonía. Ahora me sentía mayor, fuera de contexto, un tanto perdida. Como si hubiera olvidado sobre la mesa del restaurante algo de aquella luz que nos envolvía entonces. 

Mi vestimenta comenzaba a pesarme.   

Después de descartar posibilidades —un karaoke, la discoteca Holiday y otros tantos bares de copas—, una de nosotras se detuvo y anunció que había decidido marcharse. Me quedé mirando cómo se alejaba con garbo pedaleando, con su vestido flotando por el movimiento. Yo no sé montar en bicicleta. 

Carmen propuso cambiar de zona y acercarnos a los bares y salas frente al río. Para entonces, mi código de vestimenta solo iba acorde con la luna y su media sonrisa plateada en la noche. Ellas llevaban calzado cómodo. A pesar de todo, fui capaz de vagar con mis tacones brillantes por la Alameda y llegar hasta Avenida de Colón con la improbable ilusión de encontrar por el camino, un bazar abierto —a las dos de la madrugada— donde poder comprar unas chanclas.

Tras un leve intento de conexión con mi cuerpo y unos tímidos movimientos de cadera, olvidadas en un rincón de un bar, junto a la puerta, decidí que había llegado el momento de llamar al cochero de mi carroza para que me recogiera.

El objetivo era: «cena, baila, escribe». Mi cuerpo respondió: llévame a casa.

 

María José Aguayo

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